Mientras cientos de familias recorren los pasillos de los panteones para recordar a sus seres queridos, otros llegan con escobas, cubetas, cepillos y herramientas de trabajo.
Son los limpiadores de tumbas, hombres que, lejos de los reflectores, también forman parte de una tradición que se niega a desaparecer.
Desde temprana hora, estos trabajadores ofrecieron sus servicios a quienes acudieron a los camposantos durante el Día de Muertos.
Entre quitar la maleza, retirar el polvo, lavar las lápidas y acomodar las flores, su labor permite que los espacios donde descansan los seres queridos permanezcan limpios y dignos.
Uno de ellos es el señor Guadalupe, quien desde hace 20 años acude a distintos panteones para ofrecer sus servicios.
Dos décadas en las que ha sido testigo de historias, encuentros familiares y recuerdos que regresan cada noviembre, cuando las tumbas vuelven a llenarse de flores y visitas.
Para él, este trabajo representa mucho más que una forma de ganarse la vida.
Es también una manera de contribuir a que las familias puedan conservar en buenas condiciones los lugares donde descansan sus seres queridos y mantener vivo el recuerdo de quienes ya no están.
Su labor, como la de muchos otros trabajadores, suele pasar inadvertida entre las visitas y los homenajes, pero resulta fundamental para preservar la imagen de los camposantos y acompañar, desde su oficio, una de las tradiciones más arraigadas de México.
Porque mientras las familias llevan flores y recuerdos, hay quienes, con sus manos y su esfuerzo, se encargan de que las tumbas estén listas para recibirlos.
Son los héroes silenciosos de los panteones, aquellos que también mantienen viva la memoria.