Aunque algunos digan que solo es un torneo de siete partidos, la mayoría de jugadores y aficionados consideran la Copa del Mundo como el torneo más importante del mundo del balompié; por ello, es lógico pensar que el trofeo está sumamente protegido.
Hoy es así, existe un fuerte dispositivo de seguridad que custodia la copa, pero hace años no era el caso; incluso hubo dos veces que el galardón fue robado: una en Inglaterra y la otra en Brasil, cuando se usaba la versión original que se llamaba Jules Rimet.
Un poco de contexto
Actualmente existe un trofeo de la Copa del Mundo; originalmente fue nombrado Jules Rimet, en honor al entonces presidente de la FIFA, quien promovió la creación del torneo en 1930.
Este estaba hecho de plata ley, pero con baño en oro y estaba montado sobre una base de lapislázuli, por lo que su valor en dinero actual sería de aproximadamente $15,000 dólares solamente por sus materiales.

Su valor como objeto histórico es innegable y su alto valor como pieza de metales preciosos lo convirtieron en un blanco para ladrones.
El misterio y el héroe canino
Meses antes del Mundial de 1966, la copa Jules Rimet fue robada del Central Hall Westminster en Londres. Mientras se celebraba una misa en el edificio, el ladrón, Sidney Cugullere, alias "Mr. Crafty", entró por la puerta trasera y se llevó el trofeo sin dejar rastro.
La investigación de Scotland Yard fue errática, pues un cómplice, Ted Bechley, intentó extorsionar a la Federación Inglesa pidiendo £150,000 libras esterlinas pero fue capturado en una entrega vigilada. Ante el asedio policial, Cugullere decidió deshacerse del botín.
Siete días después del robo, el trofeo apareció de la forma más inesperada: un perro llamado Pickles lo encontró envuelto en periódicos bajo un arbusto mientras paseaba con su dueño, David Corbett.

Pickles se convirtió en héroe nacional, ganando comida gratis de por vida, mientras que la identidad del verdadero ladrón solo se reveló en 2018, años después de su muerte.
El robo definitivo
Tras ganar su tercer mundial en 1970, Brasil obtuvo la posesión definitiva del trofeo, el cual descansó por 13 años en la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) en Río de Janeiro, protegido por un cristal antibalas.
Sin embargo, los ladrones detectaron un error de diseño: el marco del cristal estaba pegado a la pared con madera y cinta.

En diciembre de 1983, Sergio Peralta, junto con "Luiz Bigode" y el ex policía "Chico Barbudo", irrumpieron en la sede, redujeron a los guardias y arrancaron el trofeo de su base. A diferencia del robo en Inglaterra, este tuvo un final trágico para la historia del deporte.
Los delincuentes entregaron la copa a un joyero argentino, Juan Carlos Hernández, quien supuestamente la fundió para vender el oro. Aunque los involucrados fueron arrestados tras la denuncia de un soplón, las condenas fueron lentas y el trofeo original nunca volvió a verse.