Una madre vestida de luto sostiene a su pequeño hijo coronado de flores. En otra imagen, un bebé descansa entre velos blancos y figuras de ángeles, mientras un revolucionario permanece tendido sobre una cama, todavía con su uniforme, ante la mirada de sus compañeros. Son escenas que el tiempo dejó inmóviles en fotografías antiguas, testimonios de una costumbre que durante décadas permitió a las familias de Saltillo conservar el último recuerdo de sus seres queridos: retratarlos después de morir.
Conocida como fotografía post mortem, esta práctica se extendió en Saltillo entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. El historiador e investigador Carlos Recio explicó que sus antecedentes se remontan a Francia, durante los primeros años de la fotografía, y que llegó a México hacia la década de 1870. Su propósito no era documentar la muerte por curiosidad, sino preservar el rostro de quienes, en muchas ocasiones, nunca habían sido fotografiados en vida.
La fotografía era entonces un servicio costoso y poco accesible. Los fotógrafos se trasladaban hasta los domicilios cargando cámaras de madera, trípodes y equipo que podía alcanzar los 40 kilogramos. Aprovechaban la luz natural de patios y corredores para retratar a los difuntos, generalmente acostados o sentados, en composiciones que buscaban transmitir la serenidad de alguien que simplemente dormía.

Entre las imágenes más conmovedoras conservadas en el Archivo Municipal de Saltillo destacan las de los llamados angelitos: niñas y niños fallecidos a temprana edad, vestidos de blanco, rodeados de flores, encajes, velos y figuras religiosas. Algunas fotografías muestran a los pequeños en sus cunas; otras, sostenidos por sus padres, cuyos rostros reflejan la solemnidad del momento.
Recio explicó que estas escenas estaban profundamente relacionadas con las creencias católicas de la época. Se consideraba que los niños fallecidos sin haber cometido pecado habían sido llamados por Dios y podían interceder espiritualmente por sus familias. Sus retratos, conocidos también como tarjetas de gabinete, se colocaban en vitrinas de las salas, donde permanecían como recuerdos familiares y expresiones de devoción.
La tradición también alcanzó a quienes murieron durante los conflictos armados. Una de las fotografías del acervo muestra a un hombre identificado como Esteban Falcón, fallecido a los 24 años en el Cañón del Guarache, en Torreón, el 6 de septiembre de 1912. Su cuerpo aparece tendido sobre una cama, vestido con indumentaria militar, mientras tres hombres permanecen de pie a su lado. La imagen conserva no solo el recuerdo del fallecido, sino también una escena vinculada con la violencia de la Revolución Mexicana.

Otro documento del archivo revela el significado íntimo que adquirían estos retratos. Se trata de una dedicatoria dirigida a Antonia Sousa de Castañuela, fechada en Saltillo el 8 de noviembre de un año cuya escritura no se distingue con certeza. En ella, Cayetano Sousa expresa su deseo de que la fotografía permanezca como un «imperecedero recuerdo» y describe el retrato como una demostración de veneración hacia la memoria familiar. La pieza fue donada al archivo por Iván Ortiz en julio de 1994, según la anotación que acompaña al documento.
Para Eduardo González, jefe de Difusión Cultural y Publicaciones del Archivo Municipal de Saltillo, estas fotografías representan una tradición basada en el respeto y el afecto, alejada de las interpretaciones relacionadas con el ocultismo. El acervo reúne imágenes de Saltillo y otras localidades de Coahuila, algunas acompañadas de anotaciones sobre su procedencia, fecha o donación, que permiten reconstruir fragmentos de la historia de quienes aparecen retratados.
Con la popularización de las cámaras y los retratos familiares durante el siglo XX, la fotografía post mortem desapareció gradualmente. Sin embargo, las imágenes que sobrevivieron conservan algo más que rostros y vestimentas de otra época: revelan una forma de enfrentar la pérdida, cuando una fotografía podía ser el único vínculo visible con alguien que había partido.



