Lo que habita en la cabeza

Por: Roberto Uriel

La semana pasada en este espacio hablábamos sobre las influencias que pueden incidir sobre las juventudes, llámese ideologías, creencias religiosas, violencias, entornos, etcétera, y cómo eso puede detonar conductas que llegan a ser nocivas para la persona, su familia y, claro, para la sociedad. En ese sentido, este fin de semana llegó a la cartelera “Jojo Rabbit” (EU, 2019), una película que nos hace continuar reflexionando sobre ello. 

Un niño alemán, perteneciente a las Juventudes Hitlerianas, le pide a una niña judía que le dibuje donde habitan los de su misma comunidad, qué comen, cómo es su vida, una descripción general. Después de un intercambio de frases, en donde vemos que la pequeña, pese a todo, tiene ilusiones, deseos, ella le entrega el dibujo terminado. Lo ve. Es un dibujo de él, y le reclama. Te pedí un dibujo de los judíos y me diste un estúpido dibujo de mi cabeza. “Ahí es donde vivimos”, le contesta la niña, para regresar a su escondite en las paredes de la casa, a través de una pequeña puerta camuflada en el tapiz.

Este es uno de los momentos más serios de la película, que a lo largo de sus 108 minutos nos entrega de todo un poco en cuanto a los géneros, pero que mayormente hace comedia, sátira de la ideología nazi en un “coming of age”, retratándola incluso al nivel de lo estulta (pero fatídica) que llegó a ser. Jojo (Roman Griffin Davis) es un niño de 10 años que vive con su madre Rosie (Scarlett Johansson), y su padre se encuentra peleando en la guerra en Italia. Ella trata de explicarle las cosas que valen la pena de la vida, tratando de concientizarle acerca de lo que son las decisiones políticas, y en este caso, el nazismo. Pero él vive influencia en su cabeza por el extremo nacionalismo que se respira en el ambiente de Alemania.

La influencia es tal, que Jojo tiene al mismísimo Hitler como amigo imaginario, y son sus consejos los que toma en cuenta, aunque eso lo lleve a la tragedia,  como cuando no pasa la prueba que los niños enlistados en las Juventudes Hitlerianas deben cumplir, de matar, en este caso un conejo. De ahí que le comiencen a llamar con el apodo “Rabbit”, una especie de bullying que detona en él sentimientos de reto personal, revancha, que casi le cuestan la vida, pero que le dejan una marca en su rostro como recuerdo y aprendizaje de eso. Aunque será más adelante que él se percate.

Descubre que su madre esconde a una niña judía (Thomasin McKenzie) en su casa. Será con ella que comience a tener un contraste de ideas, posturas, y hasta su primer amor. Todo un reto personal, pues cómo amar a quien se le ha enseñado que debe odiar. Esto incluso evoca a “El diario de Ana Frank”, una realidad cruel desde la visión de quien tiene, o en teoría tendría, toda la vida por delante, con aspiraciones y metas.

La película parte de la historia contada en el libro “Caging Skies” de Christine Leunens. En su adaptación, Taika Waititi (Nueva Zelanza, 1975, de ascendencia judía, su madre es asquenazi), quien ya sorprendió al mundo en un par de ocasiones, la primera en 2014 con la comedia y falso documental “Lo que hacemos en las sombras” y luego con “Thor: Ragnarok” en 2017, modificó bastante la historia. Aquella es un drama, esta es una sátira. Algo similar ya se había hecho anteriormente, con títulos tan destacados como “El gran dictador” (1940) de Charles Chaplin o la fantástica “Ser o no ser” (1942) de Ernst Lubitsch. Ambas comparten la genialidad de haberse filmado y estrenado en plena guerra, es decir, la burla a los nazis es en sus narices.

Ahora bien, ¿qué hay de las Juventudes Hitlerianas y por qué ligo esta película con “El joven Ahmed” y otras que hablan de infantes o adolescentes con comportamiento criminal? Porque al igual que opera el yihadismo reclutando y adoctrinando mentes jóvenes hoy en día, como lo retrata la película de los hermanos Dardenne, así funcionó también en la realidad el sistema totalitario alemán. Tomaba a hombres desde los 10 años de edad, bajo el argumento de que entre más joven esté una mente es más sencillo moldearla y tenerla cautiva en función del sistema. En este caso, Jojo poco a poco irá descubriendo la realidad a su alrededor, pero esas amistades imaginarias nacidas a partir de su entorno, y éste mismo, conforman un conjunto nocivo, perjudicial, y por supuesto eso es preocupante.

Este 27 de enero se cumplieron 75 años de que el Ejército Rojo y aliados llegaron al campo exterminio de Auschwitz-Birkenau de Polonia, y liberar a 2 mil 819 supervivientes que allí se encontraban. Una cifra pequeña tomando en cuenta que ahí se acabó con la vida, según estimaciones, de hasta 4 millones de personas (o más). En “Jojo Rabbit” no asistimos a ver este horror, injusticia, genocidio (y los adjetivos se quedan cortos), que claramente es detestable, pero asistimos a ver otra aversión, contada mediante la sátira: la raíz de aquello, la semilla que se planta en una mente joven que quizá el día de mañana no sabemos hasta dónde puede llegar. Una cinta altamente recomendable, con estupendas actuaciones y un ritmo que funciona para el entretenimiento. No me sorprendería que en los Óscar se lleve el premio a mejor película, dadas sus similitudes con “Green Book” o “12 años de esclavitud” en cuanto a temática y reivindicación de sectores oprimidos.

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