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Quioscos sobreviven como figuras emblemáticas en medio de la gran urbe

Punto de reunión familiar para disfrutar de conciertos y actividades culturales, los quioscos ha sido testigos mudos del devenir social, sin embargo, en la actualidad pocos han logrado sobrevivir al creciente urbanismo en la capital mexicana, siendo uno de los más emblemáticos el Morisco de Santa María la Ribera.

 Noticias y consejos de vida - 16/09/2017 12:23 p.m.
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Notimex - Punto de reunión familiar para disfrutar de conciertos y actividades culturales, los quioscos ha sido testigos mudos del devenir social, sin embargo, en la actualidad pocos han logrado sobrevivir al creciente urbanismo en la capital mexicana, siendo uno de los más emblemáticos el Morisco de Santa María la Ribera.

El investigador Porfirio Chávez Peralta, originario de la colonia Santa María la Ribera y considerado uno de los cronistas más destacados del este lugar comentó a Notimex que desde niño recuerda el quiosco de su colonia con mucho cariño y cada fin de semana era un espectador más en las actividades que se realizaban allí.

El quiosco Morisco fue construido para servir de pabellón a la primera exposición de México en la ciudad de Nueva Orleans en 1884 durante el periodo presidencial de Manuel González, quien pensó que era buen momento para que México mostrara su potencial y por ello pidió que fuera un pabellón ostentoso y bonito.

Para su realización convocó a un pequeño grupo de arquitectos, los más destacados de la época para que postulara sus proyectos, al final, fue el ingeniero y arquitecto José Ramón Ibarrola quien se hizo cargo del trabajo.

“Cuando el presidente Manuel González vio el proyecto quiosco Morisco le llamó mucho la atención porque salía de lo convencional, así que iniciaron la fundición construcción en Pittsburgh, Estados Unidos, debido a que en México no había la tecnología para trabajar fierro colado”, explicó el investigador.

Se requirió de 27 furgones para trasladar el pabellón de Pittsburgh a México, en un ferrocarril en el que también iba el presidente Porfirio Díaz y su esposa Carmelita en 1886 y como nunca se supo de su construcción había versiones que señalaban que se trataba de un regalo de los franceses.

A su llegada a la Ciudad de México, el pabellón iba a ser colocado en la Plaza del Baratillo, a un costado del Zócalo, pero resultó que el mercado tenía un adeudo con el municipio, por lo que fue guardado y hasta 1896 decidieron instalarlo en la Alameda Central.

En ese lugar permaneció hasta 1909 porque se celebraría el centenario de la Independencia de México y ya que se planeaba construir el Hemiciclo a Juárez. Fue por esta razón que el quiosco se trasladó a Santa María la Ribera, donde fue reinaugurado el 26 de septiembre de 1910.

El investigador Peralta destacó que una de las características del quiosco es su forma octogonal, por ejemplo el de la Alameda tiene 16 prados, las fuentes alrededor son de cuatro, dobles y también eran octogonales, pero las convirtieron después en redondas, porque una autoridad decidió cambiarlo.

“No sé si la Alameda sea parte del quiosco o el quiosco parte de la Alameda, porque Ibarrola también hizo la Alameda octogonal, el quiosco es de ocho columnas y tiene ocho escalones”, manifestó el especialista.

Sin embargo, lamentó que el cambio de la Alameda Central a Santa María la Ribera no fue el mejor, porque el quiosco llegó sin vitrales, desnudo y sin barandales.

La función de este quiosco como el de todos los que después se construyeron fue ser un espacio en el que se desarrollaran actividades culturales y artísticas, para escuchar a las orquestas Sinfónica de México, de la Marina o la Típica, o para ver compañías de danza como la de Amalia Hernández.

Porfirio Chávez Peralta rememoró que en 1919 el quiosco del Morisco fue iluminado con cuentos de focos para ofrecer un homenaje al poeta Amado Nervo (1870-1919) “fue una cosa maravillosa que no se ha vuelto a repetir”.

En su oportunidad, el cronista mexicano Alfonso Hernández Hernández comentó a Notimex que el crecimiento poblacional en la Ciudad de México provocó la división de clases sociales y a su vez la construcción de teatros a los que difícilmente tenían acceso personas de bajos recursos, los que vivían en vecindades, barrios y colonias populares.

Por esta razón, continúo, se acostumbraba a que en el centro de un jardín, parque o plaza pública hubiera un quiosco que servía para eventos políticos, culturales y musicales. En el quiosco ubicado en Plaza del Carmen no iba la sinfónica, sino grupos musicales, barítonos o contraltos.

Detalló que la manera de construir quioscos en los barrios, parques y plazas públicas se ha ido perdiendo, ya no son como antes, ahora son de mampostería, ya no tienen cerrajes o techumbre que le daba un carácter artístico ornamental que se integraba al paisaje urbano, que tenía un sentido ecológico que hacia rememorar el aspecto rural.

“Los pocos quioscos que sobreviven sirven para danzonear, para escuelas de cumbia, rock and roll, pero ya no tienen aquel tinte que estaba enfocado en difundir la cultura sinfónica”, reiteró el cronista.

Enfatizó que lo anterior se debe a que muchos gobernantes le dan más importancia a la “fayuca cultural”, a expresiones artísticas y culturales que nada tienen que ver con “nuestra idiosincrasia”.

Subrayó que actualmente la figura del quiosco tradicional se ha desvirtuado mucho y esos testigos mudos de un pasado que fue maravilloso para otras generaciones, ya no podrá ser disfrutado de la misma manera por los jóvenes.

Otros quioscos emblemáticos de la Ciudad de México son el del Pueblo, ubicado en el Bosque de Chapultepec, que destaca por su base de cantera con ocho caras, ocho columnas metálicas. Fue construido cuando era presidente Porfirio Díaz.

El quiosco del Jardín Hidalgo, Coyoacán, fue un obsequio del general Porfirio Díaz a la comunidad de Coyoacán, en 1900. Su estructura metálica fue traída desde Francia y se realizó para conmemorar la independencia de México. Luce una cúpula de 16 gajos ornamentada con vitrales.


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