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Olivia Martínez Valenzuela
Política

Ya no

Martes 20 de Marzo 2018

Olivia Martínez Valenzuela

Al gobernador con licencia, Jaime Rodríguez Calderón, no le queda andar de llorón ahora que el Instituto Nacional Electoral lo dejó fuera de la boleta electoral de los comicios presidenciales porque más de la mitad de las firmas que respaldan su candidatura independiente son falsas.

Resulta que en política, el que se ríe, se lleva; el que se lleva, se aguanta; y el que se aguanta, pues se aguanta y ni modo. ¿Qué queremos decir con esto? Que ahora a El Bronco le toca sufrir las consecuencias del fraude y las prácticas delincuenciales y mañosas que echó a andar en su afán de obtener más poder. 

En sus sueños guajiros por la presidencia de México, El Bronco reprodujo, en mayor medida, el fraude de recolección de rúbricas que puso en marcha cuando fue candidato independiente a la gubernatura de Nuevo León. Pensó que en la elección presidencial le iba a funcionar. Sólo que ahora su capacidad de triquiñuelas fue mayúscula y falsificó a diestra y siniestra una mayor cantidad de apoyos, obtenidos mediante engaños entre los electores, a quienes embaucó.

Veamos en números cerrados: debía recolectar 866 mil firmas, entregó 2 millones 34 mil, le descontaron 1 millón 198 mil por falsas y se quedó sólo con 835 mil, faltándole poco más de 31 mil para completar lo exigido. O sea que más de la mitad de las rúbricas que presentó fueron falsas: un 59 por ciento.

Necio que es, El Bronco insiste en registrarse como aspirante presidencial. Está desafiando a las autoridades, haciendo creer que el fraude de las firmas es cosa mínima, como mínimo es su razonamiento obnubilado que no le deja ver más allá de sus narices.

Sólo hay dos escenarios posibles: uno, que el TRIFE dé marcha atrás al fallo del INE, que se haga de la vista gorda y deje participar a este sempiterno priísta (su piel y sus actos representan la peor de las herencias de los peores gobiernos priístas) para cumplir con su rol de palero del PRI en las elecciones presidenciales; y dos, que le nieguen el registro definitivamente.

En un régimen legal, si las autoridades cumplieran con su obligación, El Bronco tendría que ser llevado a juicio por delitos electorales, como la falsificación de firmas, entrega de información falsa y mentirle a una autoridad, delitos que se agravan toda vez que él es un gobernador con licencia. O sea, actuó como delincuente. Y ahora que no tiene el fuero, que es la cobija protectora de la impunidad, lo deberían procesar e inhabilitar como gobernador con licencia para impedir que retorne a Nuevo León. Su lugar está tras los barrotes carcelarios.

Supongamos que no hacen nada de eso, y que lo dejan participar en los comicios. Ya él advirtió que gane o pierda, se reincorporará a la gubernatura a partir del 2 de julio. Pero, ¿a qué regresa a Nuevo León, si extravió  su capital político? Como gobernador ha sido corrupto, ineficiente, demagogo y bravucón. Como candidato es delincuente, mentiroso, fraudulento, marrullero y tramposo.

Fracasado, sin apoyo popular, desprestigiado y hasta aborrecido, sin capacidad de maniobra para gobernar ni hacer acuerdos políticos con el Poder Legislativo, con el Poder Judicial, con las nuevas fiscalías General, Anticorrupción y Electoral, con la clase empresarial y con los demás grupos de poder, el mejor destino que a El Bronco le espera, si se salva de las rejas, es replegarse y esconderse en su casa. Como gobernador, ya no.

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