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Olivia Martínez Valenzuela
Política

Tumbos y tambos

Jueves 23 de Marzo 2017

El encanto de gobernar Nuevo León se le acabó muy pronto a Jaime Rodríguez Calderón y hoy, a casi año y medio de iniciado su sexenio, El Bronco luce hastiado, perdido, sin brújula, sin colaboradores fieles y lo que es peor: con una severa crisis política, de seguridad y de credibilidad, además de la corrupción y la falta de resultados.

El ideólogo Daniel Cossío Villegas hablaba del estilo personal de gobernar y de cómo el carácter de un político finalmente definía su gobierno y cómo eso, inexorablemente, marcaba  su destino y arrastraba tristemente al de los gobernados... pero en este caso, ¿cómo podemos hablar de Jaime como político si ni siquiera estamos seguros de que lo sea? Porque una cosa es llevar varias décadas de la vida metido en la grilla y en los negocios que deja la política y otra muy distinta es tener oficio político.

El Bronco está entrampado en su maraña de intereses, en su ineficiencia, en su demagogia, en su populismo ramplón, en sus vanidades. Como nada le ha funcionado, arremete contra quien puede. En sus arrebatos, pierde los estribos y ofende al que no coincide con él. ¿Resultado? Un gobierno corrupto e ineficiente, que no avanza. Y su popularidad en el sótano.

Cualquiera que oiga hablar al gobernador (si es que lo aguanta al menos dos minutos continuos), se preguntará: ¿Y éste es El Bronco por el que Nuevo León apostó? ¿Qué queda de aquel candidato que juró llevar a la entidad hacia un futuro mejor? Su desparpajo al hablar, su discurso de ofensas, su falta de visión, su yo-yo, su espejito-espejito y su intolerancia a la crítica ya son por todos conocidos y a nadie engaña. Bastó poco tiempo para que la comunidad lo conociera tal cual.

El Bronco, que se ufana de ser el sácale punta de la política, no ha podido gobernar Nuevo León: cuando no es un escándalo de corrupción en su gobierno el que le estalla, es la crisis en los penales, la inseguridad que va en aumento, la demagogia y las promesas incumplidas. O los pleitos y las descalificaciones hacia todo aquel que no lo venera. Todo un catálogo de puntos negativos. El ciudadano no ve llegar el cambio positivo, y espera que algún día las cosas cambien.

Mientras el Bronco sigue dando tumbos al no saber dirigir su gobierno, los tambos (como coloquialmente se llama a los reclusorios) le siguen dando problemas que él no quiere resolver: primero la peor masacre penitenciaria de la historia, luego otras matanzas, después el autogobierno de los reos. Entre tumbos y tambos, se le va el sexenio.

A Jaime se le terminó el tiempo para demostrarle a Nuevo León que sí pudo con el paquete.  Ni pudo, ni podrá. Y menos porque sigue desviando sus esfuerzos y tiempo oficial en planear cómo ser candidato a la presidencia de la República, nominación para la que ya había planeado dar el chapulinazo.

Para su desgracia, Jaime no llegará a la candidatura presidencial. Muy a su pesar, se quedará a gobernar un estado al que él desprecia. Y al no tener más opción, permanecerá aquí, rumiando sus amarguras. Las consecuencias las pagaremos todos. Jaime terminó siendo un ponny que no creció. Y aunque le duela, hay que decirlo: al Bronco le quedó grande la yegua.



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