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Eusebio Ruvalcaba
Cultura

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Lunes 21 de Diciembre 2009

Eusebio Ruvalcaba

El protagonista de la novela que estoy escribiendo se me va de las manos. No sé dónde di la vuelta equivocada. Pero en una novela las cosas deben fluir como en la propia vida. Porque todo habrá de ir sobre ruedas, así sea lo más atroz o lo más sublime. Cuando el autor empieza a torcer el rumbo con el fin de ser complaciente o procurar un espectáculo al lector, aquello deja de tener gravedad y se va.

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El cuarteto en re menor de Ferrucio Busoni es tan inusitado como delirante. De inmediato descuella su soberanía musical. Hay frases ahí que semejan golpes de martillo forjando una espada. Este es uno de esos escasos cuartetos que habrían de escucharse al lado de una mujer; tal es su vigor y enjundia.

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Me detengo delante de una lencería en el centro. Qué fascinación ejercen los aparadores. Veo diminutos brasieres, pantaletas, ligueros, tangas, todo puesto en mujeres imaginarias que se mueven, se sientan, se acuestan a las órdenes de mi voluntad. Se ríen conmigo. Se contorsionan para mí. Sacan la lengua. Sudan. Posan para mi única y plena satisfacción. Y sin pagar un quinto.

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Las enfermedades nos restriegan nuestra fragilidad, nos recuerdan que en cualquier momento no queda de lo que fuimos ni un bocadillo acre para los gusanos. Y tantas cosas que restan: declaraciones de amor, tragos con los amigos, charlas con el padre muerto, paseos con los hijos... hasta meterle el pie a un ciego en el metro.

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Capto en un canal un corto viejísimo. Se trata de un pianista que interpreta Dr. Gradus ad Parnasum de Debussy. El pianista toca un Debussy demencial, que en forma rotunda evoca el pensamiento de un niño; el pianista toca, pues, y, para mi sorpresa, por unos segundos la cámara viaja hasta una niña que acompaña al maestro: una pequeña como de cinco o seis años que bajo el influjo de Debussy juega con sus muñecas, con un oso de peluche, con un pizarrón donde traza figuras. La cámara regresa al pianista e identifico entonces, en una ráfaga de lucidez que así como vino se va, a Alfred Cortot, uno de los grandes del piano. Y me pregunto por qué no incorporar a la TV por cable un canal que transmita videos de música clásica, si existen los de música roquera/pop y los salseros. Y por qué no hay por radio una hora de complacencias: ¿me podría poner la Cavatina del cuarteto 13 de Beethoven dedicada con todo cariño a Mariana Salido, o el Allegro aperto del 5º concierto para violín de Mozart dedicado a Míriam Aragón, o el Andante del trío opus 100 de Schubert dedicado a Angélica García?

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No se llega a la literatura por herencia, en forma natural, como se llega a la música. Se llega porque de pronto la vida pone a esa persona contra la pared y la obliga a escribir para no volarse la tapa de los sesos. Por eso la literatura verdadera toca el sufrimiento, la desolación, la desdicha, la soledad, temas que les competen a todos los hombres, temas surgidos del corazón y que hacia el corazón van a dar, que atraviesan la vida como agujas.

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Creemos que nuestro sufrimiento es el más atroz hasta que leemos Humillados y ofendidos de Dostoievski, o que nadie ha padecido enfermedades tan horribles como las que llevamos a cuestas hasta que cae en nuestras manos Pabellón de reposo de Camilo José Cela, o que la soledad que nos abruma es incomparable hasta que no leemos El libro vacío de Josefina Vicens.

eusebius1951_2@hotmail.com

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