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Economía

Los economistas como chamanes

Martes 01 de Mayo 2018

Guillermo Fárber

Alasdair Macleod es quizá el mejor economista vivo. Por supuesto, como no es ooootro keynesiano (Krugman, Stiglitz et al) al servicio de la elite financiera global, le cae mal a los políticos y a los banqueros, y por tanto jamás le darán el mal llamado premio "Nobel" de Economía (que de Nobel no tiene nada). Macleod hace un crítica fundamental de la ciencia económica, tal y como se presenta, mayoritariamente, hoy en día. Y parte de la base conceptual del libro de Maquiavelo, "El Príncipe", ese inmortal tratado del pragmatismo más crudo y el cinismo más desaforado sobre cómo obtener, explotar y conservar el poder político.

Pero resulta que hay otras artes todavía más tenebrosas que las reglas maquiavélicas, y son las del envilecimiento monetario (que los economistas keynesianos no solo sostienen sino que promueven y tal vez hasta creen que en efecto funcionan). Hoy esta práctica ya no es tan rudimentaria como era en la Roma imperial (reducir el contenido de plata del denario) o bajo los reyes medievales (emitir notas sin tener el oro necesarios para cubrirlas), etc. No, hoy no le hace falta al 0.1% recurrir a prácticas tan obvias para concentrar la riqueza en su regazo.

Con el enorme surtido actual de bonos del Tesoro, bancos centrales obedientes, universidades estupidizadas (tipo Harvard, UNAM; MIT, ITAM, YALE, IPN, etc), y agencias econométricas totalmente domesticadas (tipo Inegi), la degradación monetaria es hoy más refinada y más eficaz para lograr el mismo fraude de siempre cometido por el estado contra sus ciudadanos.

La pudrición comienza con el lenguaje

Comienza con falsedades como que la caída del tipo de cambio y/o de su poder adquisitivo (o devaluación) se requiere para estimular la economía. Esto es, la mega idiotez de que la "meta" de 2% de inflación de precios (otra vez: la destrucción o envilecimiento de la moneda) estimula el gasto y el consumo. Esto justifica el envilecimiento monetario que continúa con negar todo lo establecido y entendido antes de Keynes, particularmente la ley de Say (que dice que es la oferta la que estimula la demanda, y no, como postulan los keynesianos, la demanda la que estimula la oferta).

Esta perversión teórica justificó una economía patrocinada por el estado y por entero a su servicio, abriendo el paso al actual esquema fascista (fusión de estado y corporaciones) de "privatización de las ganancias y socialización de las pérdidas". La mayoría tenemos bien claro que las estadísticas pueden manipularse hasta que dejan de tener sentido. Sin embargo, la comunidad financiera se aferra a sus decimales como si fueran el propio evangelio (yo he conocido economistas que brincaban de júbilo cuando "pronosticaban" el 1.9% de crecimiento anual del PIB reportado por Banxico).

Los modelos también pretenden saber con precisión cuál será la medida de cada renglón macroeconómico ¡dentro de dos o tres años! Cada día hay zetamillones de variables interactuando ¿y esos señores "saben" en qué va a desembocar mil días después esa galaxia de conexiones? El crecimiento del PIB será de 2.22%, la tasa de inflación será de 3.33% y la de desempleo será de 4.44%. Eso ya no es tontería; es delirio puro. Pero los políticos y los "planeadores" se palmean mutuamente la espalda y brindan a la salud de sus delirios compartidos.

La crucifixión de los sueños

No es un solo un problema de esquemas operativos; no es solo cuestión de basura-entra, basura-sale. Una economía dinámica en continua evolución simplemente no puede modelarse, ni siquiera con inteligencia artificial apoyada en docenas de súper computadoras, porque ningún modelo puede replicar la progresión infinitamente cambiante de la acción humana. Un modelo no puede saber lo que los consumidores realmente comprarán mañana. Ni las cantidades de un producto en particular, algunos aún no inventados, serán deseadas por los consumidores dentro de un año. Ni siquiera los consumidores lo saben.

Sin embargo, la comunidad financiera en su conjunto aparentemente ignora que las estadísticas estáticas de los econometristas son solo –en el mejor de los casos, suponiendo que son honestas, oportunas y exactas– una instantánea de un punto anterior en el tiempo y no pueden replicar una economía en constante evolución. Para acabarla de amolar, aquellos que alimentan la basura en su mayoría buscan la meta de sus resultados deseados. O sea, con frecuencia alarmante están sesgados (pero ese es su pecado menor).

Los econometristas también se han confabulado para estandarizar sus modelos de computadora. Esto está diseñado para agregar credibilidad a un proceso esencialmente falso, pero todo lo que significa es que los errores mismos están ahora estandarizados. Siguen siendo errores, pero ahora son errores congruentes.

En consecuencia, toda la industria de la economía y la econometría es un absoluto fraude. No solo se le paga por construir y mantener modelos etéreos, basados en fórmulas de ficción y usando variables y constantes arbitrarias, con los pies firmemente plantados en las nubes, sino que los economistas y econometristas son ahora poco más que chamanes a la moda. Nosotros, los miembros de la población ordinaria, no somos más que sus feligreses. Asunto risible, si no fuera tan serio.

Los gobiernos: negocios privados, no servidores públicos

"La compilación de estadísticas oficiales siempre sirve para respaldar los objetivos del gobierno, que no son los mismos que los de la sociedad, ni siquiera los de un interés nacional siempre mal definido. Por ejemplo, el deseo de reducir artificialmente la tasa de inflación registrada al nivel más bajo posible está motivado por el deseo de minimizar los pagos ajustados por inflación (sueldo mínimo, pensiones del IMSS o del ISSSTE), defraudando a los que habían prometido protección contra los efectos de los precios de la degradación de la moneda (causada por ellos mismos).

"El PIB (concepto demencial que no resiste el menor análisis teórico) es el truco más cruel que le aplica el gobierno a la sociedad. Se presenta como el criterio para nuestros prospectos colectivos, pero es un impostor estadístico. Es una finta para distraernos de lo que realmente se usa, y es proporcionar fondos para su creador y administrador. En efecto, el estado, consciente o inconscientemente, usa el PIB no para planear major sino para recaudar dinero para sí mismo."


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  • Guillermo Fárber
    Guillermo Fárber
    Nací en Mazatlán en 1951, a los 3 años de edad. Soy aprendiz de todo y maestro de nada. Tengo 30 libros y escribo a diario en periódicos y revistas.