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Economía

Choque de tronos

Jueves 21 de Enero 2016

Guillermo Fárber

¿O de monopolios? No hay más que dos maneras de competir en el ámbito comercial: por precio o por calidad. Simple. En la industria petrolera, la cuestión se simplifica aún más porque la calidad de todas las ofertas, después del proceso de refinación, es prácticamente la misma (antes de refinarlos los crudos son “ligeros” o “pesados” en muy diversas graduaciones). A la postre sólo le queda a los competidores una sola arma para competir: el precio. Y aquí la principal ventaja para reducir el precio, es el costo de producción. Cuanto menor sea tu costo de extraer el crudo del suelo, más margen tienes para recortar tu precio.

El productor importante con el menor costo de producción de todo el mundo es hoy Arabia Saudita. Esto le da una enorme ventaja competitiva sobre todos los otros exportadores. Además, no tiene otros productos qué ofertar en el mercado internacional: ni limones ni automóviles ni turismo ni perfumes ni servicios financieros ni computadoras ni nada que no sea arena y dátiles.

¿A dónde se fueron los anglotrillones de dólares que Arabia Saudita recibió durante décadas? A lujos delirantes, a ordenar construcciones absurdas (con ingenieros y arquitectos occidentales), a financiar terroristas, a sostener miles de mezquitas y madrasas en todo el mundo, a cualquier cosa salvo el desarrollo industrial.

Dos monopolios
Dada esta dependencia total de los ingresos petroleros, Arabia Saudita tiene la necesidad de conservar su participación de mercado. Para ello, debe asumir cualquier descenso que ocurra en el precio internacional. Tiene el margen para hacerlo. En ocasiones, incluso, ha desplomado el precio unilateralmente para quebrar a algunos competidores, como se rumorea que lo hace hoy contra Rusia y los frackers gringos (en su mayoría ya quebrados o a punto de quebrar).

Pero sucede un fenómeno explosivo. Este cuasi monopolio de Arabia Saudita sobre un producto indispensable de buena calidad, abundante y de bajo costo, choca hoy con un monopolio diferente: el de la moneda que desde hace cincuenta años ha sido la única con la que podrías comprar petróleo: el dólar, en su variante orquestada por Kissinger en 1973, el petrodólar.

Hoy este arreglo se ve doblemente amenazado. Por un lado, al cuasi monopolio de Arabia Saudita como proveedor lo acosan dos hechos: sus reservas ya no son tan inmensas como eran (el legendario mega pozo de Gawar está casi agotado, tras 70 años de disparar a chorros riqueza negra), y han surgido nuevos competidores importantes, destacadamente Rusia. Por el otro, el petróleo comienza a poder ser comprado con otras monedas que no son el dólar, concretamente el yuan chino.

Decir que de este nuevo acomodo surgen chispas, es decirlo demasiado suave.

¿El fin de ambos monopolios?
Cito este párrafo del libro “El fin del petróleo” de Paul Roberts (2004): “Ganar es la perfecta metáfora de lo que está ocurriendo a un mundo pagado de sí mismo y acostumbrado a la energía barata… Actualmente vivimos en un mundo totalmente dominado por la energía. Es el pilar de nuestra riqueza, nuestro confort y nuestra fe en gran parte incuestionada en la inexorabilidad del progreso… La energía se ha transformado en el símbolo del poder político y económico, el factor determinante de la jerarquía de las naciones, incluso en un nuevo indicador del éxito y el progreso material…. Pero incluso una mirada superficial revela que nuestra economía energética presenta fallos que la condenan al fracaso en casi todos los aspectos.”

Como también son cada vez más frecuentes y perentorios los pronósticos sobre el inminente “fin del dólar” (unos dicen que estalla de golpe, otros que se muere, otros que simplemente se desvanece ante el embate de monedas competidoras, etc), en un plazo algo más largo este nuevo “acomodo” se convertirán en lucha por la supervivencia.

Y entonces, sí, agárrense todos. A menos que surja de la matriz tecnológica un Nuevo Mesías salvador.

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